SHERLOK HOLMES
Leamos con atención los apartados seleccionados de la novela de Sir
Conan Doyle, Estudio en escarlata, para elaborar un
escrito en el cual describamos puntualmente los pasos que siguió Sherlock
Holmes para llegar a las conclusiones que expuso y por qué fueron distintas a
las elaboradas por Scotland Yard.
Actualmente
existen ya establecidas técnicas criminalísticas para el análisis del lugar de
los hechos. Holmes plantea precisamente esos pasos estudiando y observando a
detalle el lugar de afuera hacia adentro( aunque no es la única técnica) ,
siendo además objetivo siguiendo las reglas de oro de la criminalística ( manos
en los bolsillos, ojos bien abiertos y boca cerrada) y contestando a las
preguntas básicas, ¿qué, cómo, cuándo, porqué?.
La
criminalística de campo analiza todos los indicios que se localizan en el lugar
de los hechos, usualmente el lugar debe ser resguardado evitando modificarlo en
medida de lo posible, actualmente se hace una fijación fotográfica, acompañada
de la fijación que el criminalista hace de todo objeto encontrado, por
insignificante que parezca éstos pueden brindar valiosa información, una vez
que el criminalista a fijado todo indicio, el perito químico procede a la
recolección de indicios para su posterior análisis en el laboratorio ya que no
se puede asegurar la naturaleza de éstos sin su previo análisis por más obvio
que parezca.
Holmes tenía
amplio conocimiento de estas técnicas y muy atinadamente analizó el lugar
teniendo una perspectiva totalmente objetiva, ya que llego al lugar y comenzó
la inspección y observación del lugar atendiendo a todo detalle.
Aquí
coloco los pasos que siguió Holmes para llegar sus deducciones, como el bien
menciona para un ojo entrenado en este tipo de investigaciones parece de lo más
común y sencillo, en la investigación criminalística cualquier detalle puede
ser determinante para la resolución certera de un caso.
- Detective-consultor
- Yo me las ingenio para ponerlos
en la buena pista. Me exponen todos los elementos que han logrado reunir,
y yo consigo, por lo general, encauzarlos debidamente gracias al
conocimiento que poseo de la historia criminal
- Yo escucho lo que ellos me
cuentan, ellos escuchan los comentarios que yo les hago y, acto continuo,
les cobro mis honorarios.
- Las reglas para la deducción, que
expongo en ese artículo que despertó sus burlas, me resultan de un valor
inapreciable en mi labor práctica. La facultad de observar constituye en
mí una segunda naturaleza
- Es una equivocación garrafal el
sentar teorías antes de disponer de todos los elementos de juicio, porque
así es como éste se tuerce en un determinado sentido.
- Se paseó tranquilamente por la
accra, contempló de manera inexpresiva el suelo, el cielo, las casas de la
acera de enfrente y la línea de verjas, todo ello con un aire despreocupado
que me pareció a mí que lindaba con la afectación en circunstancias como
aquéllas. Una vez que hubo terminado ese escrutinio, se encaminó
lentamente por el sendero, o, mejor dicho, por la orla de césped que lo
flanqueaba, manteniendo la vista clavada en el suelo. Detúvose dos veces;
en una ocasión le vi sonreír y oí que lanzaba una exclamación satisfecha.
- La figura abandonada, torva,
inmóvil, que yacía tendida sobre el entarimado y que tenía clavados sus
ojos inexpresivos y ciegos en el techo descolorido. Era la figura de un
hombre de unos cuarenta y tres o cuarenta y cuatro años, de estatura
mediana, ancho de hombros, de pelo negro ondulado y brillante y barba
corta y áspera. Vestía levita y chaleco de grueso popelín de lana,
pantalones de color claro y cuello de camisa y puños inmaculados. Un
sombrero de copa, bien cepillado y alisado, velase en el suelo, junto al
cadáver. Tenía los puños cerrados y los brazos abiertos, en tanto que sus
miembros inferiores estaban trabados el uno con el otro, como indicando
que los forcejeos de su agonía habían sido dolorosos. Su rostro rígido,
tenía impresa una expresión de horror y, según me pareció, de odio; una
expresión como yo no había visto jamás en un rostro humano. Esta
contorsión terrible y maligna de las facciones, unida a lo estrecho de su
frente, su nariz achatada y su mandíbula, de un marcado prognatismo,
imprimían al muerto un aspecto singularmente parecido al de un mono, y su
postura retorcida y forzada aumentaba todavía más esa impresión.
- Sherlock Holmes se acercó al
cadáver, se arrodilló y lo examinó con gran atención.
- Mientras hablaba, sus ágiles
dedos volaban de aquí para allá, por todas partes, palpando, presionando,
desabrochando, examinando, en tanto que sus ojos conservaban la misma
expresión de lejanía de la que he hablado ya. Tan veloz fue el examen, que
difícilmente podría uno adivinar la minuciosidad con que había sido
llevado a cabo. Para terminar, oliscó los labios del muerto y después echó
una ojeada a las suelas de sus botas de charol.
- Recorrió, sin hacer ruido, de un
lado a otro el cuarto, deteniéndose en ocasiones, arrodillándose alguna
vez y hasta tumbándose con la cara pegada al suelo.
- Del bordillo de la acera. Ahora
bien: hasta la pasadá noche, y desde hacía una semana no había llovido, de
manera que las ruedas que dejaron una huella tan profunda, necesariamente
estuvieron allí durante la noche. También descubrí las huellas de los
cascos del caballo; el dibujo de una de ellas estaba marcado con mayor
nitidez que el perfil de los otros tres, lo que era una indicación de que
se trataba de una herradura nueva. Supuesto que el coche encontrábase allí
después de que empezó a llover y que no estuvo en ningún momento durante
la mañana, en lo cual tengo la palabra de Gregson, se sigue de ello que no
tuvo más remedio que estar allí durante la noche; por consiguiente, ese
coche llevó a los dos individuos a la casa
- ¿qué hay acerca de la estatura
del otro hombre? —Lo que hay es esto: en nueve casos de diez puede
deducirse la estatura de un hombre por la largura de sus pasos. Se trata
de un cálculo bastante sencillo, aunque no tiene objeto el molestarle a
usted con números. Yo pude ver la anchura de los pasos de este hombre
tanto en la arcilla de fuera de la casa como en la capa de polvo del
interior. Fuera de esto, dispuse de un medio de comprobar mi cálculo.
Cuando una persona escribe en una pared, instintivamente lo hace a la
altura, más o menos! del nivel de sus ojos
- ¿Y lo relativo a su edad? —le
pregunté. —Verá usted: cuando un hombre es capaz de dar pasos de cuatro
pies y medio sin el menor esfuerzo no es posible que haya entrado en la
edad de la madurez y el agotamiento. De esa anchura era un charco que
había en el camino del jardín y que ese hombre habia, sin duda alguna,
pasado de una zancada. Las botas de charol habían bordeado el charco, y
las de puntera cuadrada habían pasado por encima. En todo esto no se
encierra misterio alguno.
- —La escritura de la pared se hizo
con el dedo índice empapado de sangre. Mi lente de aumento me permitió
descubrir que al hacerlo había resultado el revoco ligeramente arañado, lo
que no habría ocurrido si la uña de aquel hombre hubiese estado recortada.
Recogí algunas cenizas esparcidas por el suelo. Eran de color negro y
formando escamillas; es decir, se trataba de cenizas que sólo deja un
cigarro de Trichinopoly.
- La A tenía cierto parecido con la
letra impresa al estilo alemán. Ahora bien, un alemán auténtico, cuando
escribe en tipo de imprenta, lo hace indefectiblemente en caracteres
latinos y por eso podemos afirmar sin temor a equivocarnos que ese letrero
no fue escrito por un alemán, sino por un desmañado imitador que quiso
hacerlo demasiado bien
- —Me dijo—. El de las botas de
charol y el de las punteras cuadradas llegaron en el mismo coche de
alquiler y avanzaron por el sendero juntos de la manera más amistosa,
agarrados del brazo con toda posibilidad. Una vez dentro se pasearon por
la habitación; mejor dicho, el de las botas de charol permaneció en un
lugar, mientras el de las punteras cuadradas iba y venía por el cuarto.
Todo esto lo pude leer en la capa de polvo, y pude leer también que a
medida que se paseaba iba también excitándose más y más. Esto se deduce de
que sus zancadas eran cada vez más largas. Sin duda que en todo ese tiempo
no dejó de hablar y se fue acalorando hasta ponerse furioso
- Se trata con seguridad de un
hombre joven, y además de joven, emprendedor, sin contar con que es un
actor incomparable. Su caracterización era inimitable. Se dio cuenta, sin
duda, de que lo seguía, y se valió de ese medio para darme esquinazo. Esto
nos demuestra que el hombre que perseguimos no se encuentra tan aislado
como yo me lo imaginé y que tiene amigos que están dispuestos a arriesgar
algo por él.
- —¿Y no había nada más? —preguntó
Holmes. —Nada que tuviese la menor importancia. Una novela, que el muerto
estuvo leyendo hasta que concilió el sueño, estaba encima de la cama, y su
pipa, en una silla al lado de la misma. Sobre la mesilla había un vaso de
agua, y en el antepecho de la ventana una cajita de ungüento, de las de
viruta, que contenía dos píldoras. Sherlock Holmes saltó de su asiento
lanzando una exclamación de alegría, y dijo luego, jubiloso: —¡El último
eslabón! Mi caso está ya completo
- Voy a proceder a dividir en dos
una de estas píldoras —dijo Holmes, y sacando un cortaplumas puso sus
palabras en acción—. Una mitad la volvemos a meter en la cajita para
futuras demostraciones. Echará la otra mitad dentro de este vaso de vino,
que tiene en el fondo una cucharadita de agua. Ya ven cómo tenía razón
nuestro amigo el doctor, y lo fácilmente que se disuelve
- —Caballeros, permítanme que les
presente al señor Jefferson Hope, asesino de Enoch Drebber y Joseph
Stangerson.
- son pocas las personas que,
diciéndoles usted el resultado, son capaces de extraer de lo más hondo de
su propia conciencia los pasos que condujeron a ese resultado. A esta
facultad me refiero cuando hablo de razonar hacia atrás; es decir,
analíticamente.
- . El muerto no tenía en su cuerpo
herida alguna, pero la expresión agitada de su rostro me proporcionó la
certeza de que él había visto lo que le venía encima. Las personas que
fallecen de una enfermedad cardíaca, o por cualquier causa natural
repentina, jamás tienen en sus facciones señal alguna de emoción. Cuando
olisqué los labios del muerto pude percibir un leve olorcillo agrio, y
llegué a la conclusión de que se le habia obligado a ingerir un veneno.
Deduje también que le habían obligado a tomarlo por la expresión de odio y
de temor que tenía su rostro
·
A
continuación se me presentó el gran interrogante del móvil. Éste no había sido
el robo, puesto que no le habían despojado de nada. ¿Se trataría, pues, de
política o mediaba una mujer? Tal era el problema con que me enfrentaba. Desde
el primer instante me sentí inclinado a esta última suposición. Los asesinos
políticos tienen por costumbre darse a la fuga en cuanto han realizado su
cometido. Este asesinato, por el contrario, había sido llevado a cabo de un
modo muy pausado, y quien lo perpetró había dejado huellas suyas por toda la
habitación, mostrando con ello que había estado presente desde el principio
hasta el fin. Ofensa que exigía un castigo tan metódico era, por fuerza, de
tipo privado, y no político. Al descubrirse en la pared aquella inscripción, me
incliné más que nunca a mi punto de vista. Estaba demasiado claro que aquello
era una aliagaza. Pero la cuestión quedó zanjada al encontrarse el anillo. Sin
duda alguna, el asesino se sirvió del mismo para obligar a su víctima a hacer
memoria de alguna mujer muerta o ausente. Al llegar a este punto fue cuando
pregunté a Gregson si en su telegrama a Cleveland había indagado acerca de
algún punto concreto de la vida anterior del señor Drebber. Usted recordará que
me contestó negativamente. Procedí a continuación a escudriñar con mucho
cuidado la habitación, y el resultado me confirmó en mis opiniones respecto a
la estatura del asesino, y me proporcionó los detalles adicionales referentes
al cigarro de Trichinopoly y a la largura de las uñas. Al no ver señales de
lucha, llegué, desde luego, a la conclusión de que la sangre que manchaba el
suelo había brotado de la nariz del asesino, debido a su emoción. Pude
comprobar que la huella de la sangre coincidía con la de sus pisadas. Es cosa
rara que una persona, como no sea de temperamento sanguíneo, sufra ese estallido
de sangre por efecto de la emoción, y por ello aventuré la opinión de que el
criminal era, probablemente, hombre robusto y de cara rubicunda. Los hechos han
demostrado que mi juicio era correcto. Cuando salimos de la casa procedí a
realizar lo que Gregson había olvidado. Telegrafié a la Jefatura de Policía de
Cleveland, circunscribiendo mi pregunta a lo relativo al matrimonio de Enoch
Drebber. La contestación fue terminante. Me informaba de que ya con
anterioridad había acudido Drebber a solicitar la protección de la ley contra
un antiguo rival amoroso, llamado Jefferson Hope, y que este Hope se encontraba
en Europa. Sabía, pues, que ya tenía en mis manos la clave del misterio, y sólo
me quedaba atrapar al asesino. En ese momento había yo llegado mentalmente a la
conclusión de que el hombre que había entrado en la casa con Drebber no era
otro que el mismo cochero del carruaje
- Cuando salimos de la casa procedí
a realizar lo que Gregson había olvidado. Telegrafié a la Jefatura de
Policía de Cleveland, circunscribiendo mi pregunta a lo relativo al
matrimonio de Enoch Drebber. La contestación fue terminante. Me informaba
de que ya con anterioridad había acudido Drebber a solicitar la protección
de la ley contra un antiguo rival amoroso, llamado Jefferson Hope, y que
este Hope se encontraba en Europa. Sabía, pues, que ya tenía en mis manos
la clave del misterio, y sólo me quedaba atrapar al asesino. En ese
momento había yo llegado mentalmente a la conclusión de que el hombre que
había entrado en la casa con Drebber no era otro que el mismo cochero del
carruaje. Las marcas que descubrí en la carretera me demostraron que el
caballo se había movido de un lado a otro de una manera que no lo habría
hecho de haber estado alguien cuidándolo. ¿Dónde, pues, podía estar el
cochero, como no fuese dentro de la casa? Además, es absurdo suponer que
ninguna persona que se encuentre en su sano juicio cometa un crimen
premeditado a la vista misma, como si dijéramos, de una tercera persona
que sabe que lo delatará. Y, por último, si alguien quiere seguirle los
pasos a otra persona en sus andanzas por Londres, ¿qué mejor medio puede
adoptar que el de hacerse conductor de un coche público? Todas estas
consideraciones me llevaron a la conclusión de que a Jefferson Hope habría
de encontrarlo entre los aurigas de la metrópoli. Si él había trabajado de
cochero, no había razón de suponer que hubiese dejado ya de serlo. Todo lo
contrario: desde el punto de vista suyo, cualquier cambio repentino podría
atraer la atención hacia su persona. Lo probable era que, por algún tiempo
al menos, siguiese desempeñando sus tareas. Tampoco había razón para
suponer que. actuase con un nombre falso. ¿Pára qué iba a cambiar el suyo
en un país en el que éste no era conocido por nadie? Por eso organicé mi cuerpo
de detectives vagabundos, y los hice presentarse de una manera sistemática
a todos los propietarios de coches de alquiler de Londres, hasta que
huronearon dónde estaba el hombre tras del que andaba yo.
Comentarios
Publicar un comentario